Momentum

Faltan 279 días para las elecciones.

Fallé toda la apuesta de resultados de Iowa, pero al menos todo el mundo se equivocó. Mal de muchos, consuelo de tontos, sí.

Muchos han intentado justificarse y tratar de dar explicaciones más o menos extravagantes o profundas para aclarar que no se equivocaron, cuando la respuesta a todas las preguntas es una única palabra: momentum.

Por partes. En el lado republicano, tampoco era de extrañar que Cruz ganara en un estado caracterizado por el voto religioso, teniendo en cuenta que su gran base de seguidores son los famosos evangélicos por los que se pelea medio partido. Gracias a la desaparición de Trump del último debate -¿quién dijo que la televisión no influye en unas elecciones?- se convirtió en el centro de atención, y lo canalizó bien para ganar.

Trump al final tampoco lo hizo tan mal, teniendo en cuenta que seguramente es el que menos campaña hizo en el estado y el que menos se podía comprometer con el votante medio de Iowa. Eso sí: si quiere ir en serio y no pasar a la historia como la broma que duró demasiado, algo tendrá que hacer. Y, especialmente, que el cambio no le convierta en un candidato impostado, teniendo en cuenta que si algo vende bien es que es el único aspirante genuino y sin maquillaje.

Y después está Rubio, el chico elástico, el yerno perfecto para la suegra republicana -ya puede ser de extrema derecha como pseudomoderado como ultrareligioso como antiimmigración como establishment como outsider. Algo tendré que hacer solo de él, porque es un personaje fascinante.

Rubio aprovechó el momentum, que no es más que estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Y trabajarlo y cuidarlo, claro. Saber que estás de moda y jugar esa carta a tu favor. A medida que pasan los días, si lo haces bien, tus rivales pierden fuelle y tu sigues en la cresta de la ola: cuando bajas, ya no hay nadie que te pueda molestar.

Marco ahora tiene que hacer lo más difícil: cumplir la regla del 3-2-1. Tercero en Iowa, segundo en New Hampshire, primero en Carolina del Sur. Y, de ahí, directo a la nominación.

Y un momentum parecido es el que está teniendo Bernie Sanders. El suyo es el trabajo de la hormiguita: sin hacer ruido ha pasado de viejo de pelos despeinados a rival temido. Un Obama 2.0 -con todos los matices necesarios-, que a medida que avanzan los días ve como su masa de seguidores aumenta, y por tanto, en consecuencia, su momentum. El segundo/primer puesto en Iowa magnifican esa situación, y los creyentes cada vez le creen más y la energía cada vez es más energética, y la fe es menos esotérica y más real.

Y Clinton… A esperar que pase el vendaval. Perdido como -parece- que tiene New Hampshire, debe apostar por ganar todo lo que queda hasta el Supermartes (1 de marzo). Y, de ahí, como Atila: arrasar por allí donde pase. Problema: las hordas de rebeldes son jóvenes y con ganas de batallar.

PD: Jim Gilmore, exgobernador republicano de nosédónde, consiguió 12 votos de los más de 180.000 que hubo en los caucus. La primera pregunta es, obviamente, quiénes fueron los doce valientes que escribieron Gilmore en un papel; es probable que incluso fueran doce bromistas que no sabían que poner. La segunda pregunta es por qué todavía no ha renunciado a la presidencia, y más teniendo en cuenta que ya hay otros que, pobrecillos, han caído. Como moscas. La tercera y última pregunta es… vaya, que por qué no ha renunciado todavía a la presidencia. ¿Ahora? ¿Tampoco? ¿Y ahora? Pues no lo entiendo, porque parafraseando a Chris Cillizza -‘The Fix’-, Gilmore consiguió solo 12 votos más que yo. Y 12 votos tampoco es tanta diferencia.